Cuando los vientos arrecian y la lluvia desborda los cauces, las amenazas no provienen solo del clima. En cada aguacero, el cuerpo humano se convierte también en un territorio vulnerable. Las tormentas y los huracanes no solo derriban techos o interrumpen caminos: abren puertas a enfermedades que afectan la piel, los pulmones, el sistema digestivo y, en los casos más graves, órganos vitales como el hígado y los riñones. En comunidades como Villa Esperanza, donde cada charco puede ser un riesgo y cada refugio un acto de cuidado, la prevención sanitaria se transforma en una práctica colectiva, casi ritual.
Aguas que enferman: lo que no se ve
Tras las lluvias, el agua estancada se convierte en un medio fértil para virus, bacterias y parásitos. Entre ellos, la Leptospira es uno de los más peligrosos. Transmitida por la orina de animales, puede ingresar al cuerpo humano a través de heridas o incluso por la piel intacta. La enfermedad que provoca, la leptospirosis, cursa con fiebre alta, dolor muscular, vómitos y, en los casos más graves, insuficiencia renal o hepática.
El peligro no termina ahí. Las aguas contaminadas también pueden originar infecciones cutáneas, gastroenteritis, enfermedades respiratorias derivadas del hacinamiento en refugios y la proliferación de mosquitos transmisores de dengue, zika o chikungunya. Cada una de estas afecciones tiene raíces tanto en la biología como en la desigualdad: la falta de infraestructura, de información y de organización comunitaria agrava sus consecuencias.
Recomendaciones esenciales para la salud colectiva
La prevención puede asumirse como una forma de arte público, donde cada acción sanitaria es también un símbolo de autocuidado y de memoria.
1. Evitar el contacto con aguas estancadas.
El agua que no fluye puede herir. No bañarse ni jugar en charcos, canales o pozas. Estas aguas pueden contener microorganismos peligrosos, invisibles a simple vista.
2. Mantener una higiene constante.
Las manos limpias son guardianas del cuerpo. Lavar con agua y jabón antes de comer, después de ir al baño y al regresar de la calle. Si no hay agua potable, usar alcohol gel.
3. Potabilizar el agua.
El agua clara no siempre es limpia. Hervirla o agregar cinco gotas de cloro por galón antes de consumirla. Evitar alimentos que hayan estado expuestos a la lluvia.
4. Proteger los pies y las heridas.
Donde pisa el pie, también puede entrar la enfermedad. Usar botas impermeables en zonas inundadas y cubrir heridas con vendajes limpios.
5. Ventilar los espacios y usar mascarillas.
En refugios o viviendas compartidas, usar mascarilla y procurar la ventilación. El aire renovado previene enfermedades respiratorias.
6. Eliminar los criaderos de mosquitos.
El agua quieta llama al zancudo. Vaciar recipientes, llantas y floreros; usar mosquiteros y repelentes.
Ritualizar el cuidado: prevención como acto de memoria
En Villa Esperanza, la prevención ha dejado de ser una rutina técnica para convertirse en una forma de arte colectivo. La comunidad pinta murales donde niños se alejan de los charcos guiados por una figura protectora con botas y capa. Se organizan jornadas donde se bendicen recipientes de agua limpia como símbolo de vida. Y en los refugios, entre velas y canciones, se entonan versos que recuerdan una enseñanza ancestral:
“El agua que no fluye puede herir. Cuida tu piel, cuida tu vida.”
En tiempos de crisis, cuidar el cuerpo es cuidar la comunidad. Y cuando el cuidado se convierte en rito, la salud deja de ser solo una urgencia: se transforma en una herencia compartida.

